jueves, 25 de agosto de 2016

Richard Sennett: La lógica de fronteras / Rafael Gumucio



Hay dos cosas que siempre estuvieron ahí para Richard Sennett, uno de los sociólogos más prestigiosos de la actualidad. Una es la música clásica, la otra las viviendas sociales. Nacido en Chicago el Año Nuevo de 1943, creció en Cabrini Green, un housing project o complejo de edificios para personas de bajos ingresos, donde su madre llegó a trabajar como asistente social. A los trece años empezó a estudiar violonchelo y musicología en la reputada Juilliard School de Nueva York, y pensó que ese sería su destino, su pasaporte para salir de la pobreza y el gueto. Ahí conoció a Hannah Arendt y empezó a fundir en sus textos la literatura, la filosofía, la sociología y el urbanismo. A los 73 años, este profesor honorario de la London School of Economics y de la Universidad de Nueva York está a punto de publicar The Open City, el volumen que completará su trilogía sobre la sociedad contemporánea que componen además El artesano (2008) y Juntos (2013).

La historia de ese lento y complejo descubrimiento de su vocación está en el centro de El respeto. Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad(2003), donde aborda el tema de la desigualdad desde la conciencia de sí mismo y la sensación de poder de los excluidos del sistema.

Eso que en otro libro llama los ocultos agravios de clase. El respeto es también una historia de las distintas formas en que la caridad y el trabajo social han tratado de comprender a los pobres, intentando servirles y al mismo tiempo olvidarlos. Sennett, un hombre alto y grande pero extrañamente delicado en sus gestos, y con una piel casi tan desnuda de pelos y marcas como la de un recién nacido, se ha propuesto devolver la voz de los desiguales al centro de la conversación sobre la desigualdad. No solo sus exigencias o necesidades, sino también su subjetividad, sus sueños, sus miedos, sus culpas y sus ganas.





Otro objeto recurrente de su investigación es la ciudad. Ha rastreado la transformación de la idea de ciudad desde el Renacimiento hasta nuestros días. Se ha preocupado también de los distintos sistemas de viviendas sociales, y eso lo llevó a desarrollar una relación con el arquitecto chileno Alejandro Aravena, de quien le atrae la idea de las viviendas incrementales. Para Sennett, estas resuelven la principal deficiencia de todas las políticas sociales, que es la ausencia de voz y voto de sus beneficiarios. Plantea que descartar como centro de esas políticas la experiencia vital de quienes las experimentarán termina por crear en el sujeto la impresión de verse atrapado en un experimento, como el hámster que da vueltas en la misma rueda.
Sennett se reclama heredero del pensamiento pragmático del filósofo norteamericano William James. En abierta rebelión contra las distintas corrientes del idealismo europeo, quiere pensar desde la experiencia concreta del ser humano.
No desde el ser, sino desde el hacer. Su carrera frustrada de violonchelista le enseñó que quizás la única salvación a la que podía recurrir era el ejercicio diario de una disciplina, rutinaria, regular, pero también perfectamente creativa y abierta. Seguir la partitura hasta que esta se abre hacia lo desconocido, lo inesperado, lo nuevo.

Obsesivamente, de un libro a otro, Sennett intenta rastrear las huellas en la vida íntima de las grandes políticas sociales. El título de uno de sus clásicos sobre la historia de la ciudad, Carne y piedra (1996), resume el viaje que emprende en la mayor parte de sus escritos: desde los monumentos de piedra inconmovibles hasta la carne misma de las personas más o menos anónimas que viven en urbes cada vez más atomizadas por el «nuevo capitalismo». Con un cuidado obsesivo, defiende la vida de esa persona supuestamente común, que se ha perdido en una sociedad transparente, que fomenta la especulación perpetua y la competencia desalmada, determinando incluso hasta las palabras para contarse a sí misma. Le interesa eso que llama la corrosión del carácter, es decir la pérdida de lo único que queda cuando no queda nada: la conciencia de ser uno mismo.   Sennett rastrea las historias de contables, obreros, enfermeras, constructores, y las pone en el contexto de los clásicos, no solo del pensamiento sino también de la literatura y el arte, tan importantes en sus libros como los datos estadísticos. Defiende así la rutina de las grandes fábricas y al mismo tiempo el trabajo del artesano que no compite con nadie ni con nada, sino que se funde en su trabajo para comprenderse en él a sí mismo.




Pero no solo se ha interesado en los grupos más anónimos de la sociedad. A pesar de su infancia y juventud en los barrios más pobres de la peligrosa Chicago, debutó en la sociología estudiando a la muy tradicional clase alta bostoniana.

Para su sorpresa, encontró en ella códigos comunitarios sólidos e interesantes. El dinero y el poder podían desaparecer, pero se mantenía una solidaridad de clase compleja y multifacética.
Entrevistando a hijos y nietos de la elite aprendió a escuchar al otro. Su método para abordar las entrevistas se parece mucho al de los periodistas de su generación, como Gay Talese o Janet Malcolm. Como una mosca en la pared que está y no está, aprendió a escuchar hablando, a usar su propia experiencia para permitirle al otro decir la suya. Siguió así a obreros y funcionarios medios para rastrear las transformaciones de lo que llama «el nuevo capitalismo» en la vida íntima de sus entrevistados. Y en otra obra clásica suya, El declive del hombre público (2011), aborda el final de la comunidad como lugar de expresión de las individualidades y la privatización de la acción política.



La artesanía, objeto de uno de sus títulos más inesperados, y que promueve como una respuesta a la desposesión de sentido a la que terminan llegando todas las grandes utopías contemporáneas, es algo que aplica a su propio trabajo. Apabullantemente completos, resumiendo siglos de pensamiento en pocas páginas, en sus textos nunca deja la modestia de quien pareciera descubrir en el acto su propio arte. Es imposible apartar de la cabeza esta última palabra, arte, cuando se leen sus libros, que no tienen nada de la vaguedad, la impresión o el voluntarismo con que se suele identificar ese concepto. Se leen como novelas donde las voces de los entrevistados y de los autores, las intuiciones del propio Sennett y los estudios de sus equipos se responden unos a otros, en una estructura siempre sorprendente en la que el rigor no es enemigo de la belleza.

«Es lo que mis lectores sociólogos más odian», sonríe con timidez en su oficina de la London School of Economics, uno de esos espacios falsamente gentiles, de vidrio y colores modulares, de los que habla en sus escritos.




«Trato de convertir la sociología en una rama de la literatura», sigue explicando, agazapado detrás de unos grandes anteojos de marcos muy negros, sin los cuales sería imposible discernir sus rasgos. «Me influyen mucho más en mi trabajo escritores, novelistas incluso, que especialistas en estadísticas. Mi modelo sería en eso Roland Barthes».
–Pero Barthes hizo el camino contrario al suyo. Partió de la literatura para moverse cada vez más hacia el lenguaje de las ciencias sociales.
–Esa separación es algo nuevo ahora, pero en el siglo xix teóricos esenciales como Stuart Mill o Tocqueville eran ante todo grandes escritores.
Algo pasó entre medio que yo creo que tiene que ver con las universidades. Algo que llamaría el cautiverio académico. Mucha de la sociología actual le interesa a un número muy pequeño de personas, aunque hable de temas importantes y serios. Es muy triste para mí. Imagínese, Marx era un periodista, nunca tuvo una plaza en ninguna universidad.



–Me interesa en sus libros la polifonía de voces: cada capítulo va respondiendo al otro hasta formar un todo. Tengo la impresión de que eso debe provenir de su pasado como músico. ¿Cuánto influye en su escritura la práctica del violonchelo?
–Trato de entender demasiado sobre lo que hago. Eso me pasa cuando escribo novelas.1 Uno no puede explicarlas demasiado. Trato de no pensar a propósito. Creo que la autoconciencia es un peligro en cualquier trabajo literario.
–Tal como en sus libros, hoy en Chile el tema de la desigualdad es una obsesión del debate público. Se hizo patente con las marchas estudiantiles del 2011. A mí siempre me llamó la atención que no fuese la salud, o la ciudad, o las condiciones laborales, sino el tema de la educación lo que encendió la alerta sobre el tema de la desigualdad.
–No creo que la educación sea la respuesta a la desigualdad, porque está capturada por la idea neoliberal. Tengo la impresión de que la obsesión por la educación es también una obsesión neoliberal. La educación busca talentos excepcionales, despreciando los talentos ordinarios. La base misma del neoliberalismo es que el talento es escaso. La elite entonces tiene sentido porque el talento es escaso. Esa es la clave de la ideología neoliberal. Lo veo aquí, en la London School of Economics. Esta es una escuela muy internacional, pero veo permanentemente a los alumnos compitiendo para ser el que lo logró. Veo el desprecio por los otros. Buscan ser el uno, el que lo logró entre los cien, dejando atrás a otros noventa y nueve.



–¿Tendría que haber una democratización del talento?
–Le puedo contar lo que ha pasado aquí, en Gran Bretaña. Solía haber una muy buena educación politécnica. Escuelas donde la gente salía con el título de policía, de enfermera, de obrero calificado. Esto cambió bruscamente con la idea de que la educación universitaria era la única que proporcionaba validez social. El resultado no es que se hayan creado puestos de trabajo para todos esos nuevos universitarios que de pronto llenaron el sistema. Los puestos de trabajo siguieron siendo los mismos. Pero los estudiantes empezaron a prepararse para fallar, porque por más esfuerzos que hicieran sabían que no iban a encontrar trabajo. Yo tengo muchos amigos en el mundo de la arquitectura. Muchos me dicen: el número de arquitectos que se necesita es cada vez menor, pero las escuelas de arquitectura se han multiplicado por diez.
–Hay algo además con esa búsqueda del talento que intenta la sociedad neoliberal. El talento nace muchas veces de la diferencia, de lo inesperado. Es muy difícil planificar lo impensado, construir una rutina que quiebre la rutina.
–Al final de mi libro El artesano me pregunto justamente eso. ¿Cómo tantas personas viven la obligación de ser muy buenos artesanos? No genios, pero estar en un nivel muy alto. Y buscando con más atención nos dimos cuenta de que muchos de los trabajos mejor remunerados y más comunes, como las finanzas o los de los medios, no requieren de ningún talento especial.
Esto es particularmente visible en finanzas. Te pagan mucho ahí por cosas que la mayor parte de la gente puede hacer, como la capacidad de ser deshonesto, o corrupto.



–Muchos amigos de mi mujer en Nueva York trabajan in money, en dinero. No trabajan solo para ganar dinero, o para gastar, sino que además trabajan en el sector del dinero. Producen y reproducen dinero a partir de dinero.
–Es lo que digo en ese libro, hay una desconexión total entre lo que llamamos meritocracia y la política y la economía. No hay relación alguna entre nuestro discurso meritocrático y la verdadera jerarquía del mundo actual. En tiempos de Diderot, en el siglo xviii, existía la idea de que se debía recompensar según el talento de cada cual. Ya no es así. El nuevo capitalismo ha roto con esa fantasía.
–¿La obsesión por la educación parece, quizás, una forma de retornar a esa fantasía rota?
–Es lo que me pregunto en el caso de Chile.
¿No cree que esa obsesión por la educación es una respuesta a los rigores de la primera edad del neoliberalismo? Hablo de los años ochenta y noventa. Puede ser que esa fe en la educación sea una manera de encontrar una especie de validación personal contra el sistema. Frente a ese sistema totalmente excluyente y exclusivo, quizás la educación es una forma de defenderse. Yo no sé. Una de las cosas que nos llamó la atención de Chile es justamente la aprobación del neoliberalismo. A todos los extranjeros nos chocó la fe en el neoliberalismo de los chilenos. Para mí eso es inexplicable.




–Bueno, se explica en parte por la violencia con que se implementó en los años ochenta, en plena dictadura. Pero también por una sensación de libertad, de fluidez, de ligereza que el nuevo capitalismo imprime en sus víctimas. Lo digo en primera persona, porque fue algo que sentí muy fuerte en los años noventa: la idea de ser un felino y no un funcionario, la de trabajar en cinco cosas al mismo tiempo.
–¿Y ahora qué le parece a usted eso?
–Es que ahora no es una liberación, porque es una obligación. No lo hago porque quiero, sino porque tengo que hacerlo para pagar las cuentas. Se me pide un esfuerzo extraordinario para conseguir metas que son ordinarias.
–Yo soy de otra generación que usted. Para mi generación era evidente que el capitalismo estaba sufriendo una crisis final. Eso lo compartíamos los marxistas y los progresistas no marxistas. En los años setenta era evidente para todo el mundo.
El neoliberalismo era algo que no esperábamos.
Recuerdo cuando empecé a hacer estudios sobre los primeros científicos que trabajaron en Silicon Valley, y quedé completamente sorprendido al ver que ellos hacían cosas nuevas, inestables y al mismo tiempo económicamente provechosas.
Eso para mí era una contradicción en los términos. Era algo que en mi esquema no podía funcionar, aunque es evidente que funciona a la perfección.
–¿Funciona o funcionaba?
–Yo creo que sigue funcionando. Funciona para cada vez menos personas, pero funciona. El motor de esta combinación sigue funcionando.
Hace un año visité las oficinas de Google y es lo mismo que Silicon Valley en los ochenta. Un monopolio hacia afuera, pero puertas adentro un mundo completamente abierto. El capitalismo monopólico feroz del siglo XIX, pero por dentro de la institución un mundo en el que nada es rígido, todo es dinámico.
–Es raro, porque muchas de estas empresas fueron creadas por jóvenes que jubilan a los treinta años. Es raro ese sueño de ganar dinero para no hacer nada después.
–Es la idea de ser el único, el elegido. Muy pocos realmente lo hacen. Es una fantasía de los jóvenes, pero la gente de cuarenta años ya no la tiene.



–En su libro El respeto, usted habla de las distintas formas en que se hace la ayuda social. Y contrasta la forma estatal, anónima o burocrática, que intenta no sentimentalizar la ayuda, con la caridad religiosa, que tiene rostro, nombre y apellido. ¿Cómo ve en ese contexto la emergencia del islam radical en algunos barrios marginales de ciudades en todo el mundo, como una manera de buscar respeto?
–Una de las cosas que me llaman la atención es esta idea de la religión no como fe sino como identidad. Muchos de estos fundamentalistas islámicos conocen muy poco del islam y se basan en ciertas reglas y ciertos supuestos culturales que son efectivamente islámicos, pero no nacen de un profundo estudio del Corán.
–¿Quizás este tipo excluyente de religión logra adeptos porque hace caridad con rostro humano? Dice a los marginados que son alguien y no algo, como lo hacen los sistemas estatales de solidaridad.
–Pero esto es tan antiguo como los griegos, lo que es nuevo es esa división entre nosotros y el resto del mundo. Una división que no se basa en lo económico sino en otras ideas. Después del 11 de septiembre del 2001, se pensó que los atentados en Estados Unidos los hacían los excluidos del sistema. Pero los que los cometieron eran burgueses muy bien educados. Yo creo que la idea de que esto es resultado de la exclusión social no sirve como explicación. Puede ser una respuesta a la globalización, aunque me parece que eso también puede ser un cliché. Yo creo que lo central del fenómeno es la idea de que si estás incluido todo está permitido, y si estás excluido del círculo de fieles nada está permitido.
La conexión entre la economía y esa forma de terrorismo no me convence en este caso. Creo que es mucho más complicado.
–¿Qué lleva entonces al terrorismo?
–El término «terrorista» me parece una trampa.
Yo no creo que el terrorismo islámico no tenga nada que ver con el terrorismo, por ejemplo, en América Latina. Creo que plantear ese término es una forma de esconder el problema.
–¿Cuál sería el problema? 
–Todas las investigaciones dicen que los jóvenes islámicos más religiosos son los que menos pertenecen a estos grupos. Esto me hace pensar en algo que era cierto en el cristianismo y que sigue siendo cierto en el judaísmo, sobre todo en Israel, y es que cuando se habla de religión se habla más de fronteras que de fe. Se trata de saber quién está incluido y quién está excluido.
–¿O sea, es un sistema de exclusión social alternativo al del dinero, que es el sistema de exclusión social del nuevo capitalismo?
–Pero eso no es esencial a la religión. Yo, porque tengo fe, me resisto a creer que es la religión en sí la que produce esto. El problema, para los que creemos, es cómo se puede vivir la fe en un escenario de profunda desigualdad, donde existen ellos y nosotros. Me resisto a creer que sea la religión la que provoca esa desigualdad. Hice contacto hace poco con sirios refugiados, y me dijeron que quienes han sido más castigados en los últimos tiempos no son ni los creyentes ni los no creyentes, sino quienes eran más inclusivos, es decir, los que no practicaban la lógica de fronteras.

1 Sennett ha publicado tres novelas: The Frog Who Dared to Croak (1982), An Evening of Brahms (1984) y Palais-Royal (1987).

Rafael Gumucio es escritor y profesor de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP.



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sábado, 20 de agosto de 2016

Fragmentos




Existen dos pecados capitales del hombre de los que derivan todos los demás: la impaciencia y la inercia. A causa de la impaciencia fueron expulsados del Paraíso, a causa de la inercia no han regresado. Pero quizá sólo haya un pecado capital: la impaciencia. A causa de la impaciencia fueron expulsados, a causa de la impaciencia no regresan.
Franz Kafka. Aforismos de Zürau


Nuestra infelicidad es la condición para que podamos ser felices también, sólo dando el rodeo de la infelicidad podemos ser felices.
Thomas Bernhard. El malogrado


Pensé en que llevaba un diario no para mí, sino para la gente, sobre todo para quienes vivirán cuando yo, físicamente, ya no exista, y que en esto no hay nada malo. Es, pienso, lo que se espera de mí. Bien, pero ¿y si estos diarios se quemaran? ¿qué pasaría? No sé si estos diarios le serán necesarios a los otros, pero para mi sí son necesarios, ellos son yo mismo. A mí me hacen feliz. …
Lev Tolstói. 19 de marzo de 1906. Yásnaia Poliana. Diarios (1895-1910).






Cuando no estoy frente a mi máquina de escribir me aburro, no sé qué hacer, la vida me parece desperdiciada, el tiempo insoportable. Que lo que haga tenga valor o no es secundario. Lo importante es que escribir es mi manera de ser, que nada reemplazará. Cuando imagino una vida afortunada, millonaria, veo siempre el lugar donde pueda seguir escribiendo. Si no fuera necesario comer, dormir, trabajar, no abandonaría este sitio, donde nada me incomoda, donde gozo del más completo albedrío, donde soy dueño del mundo, de mi mundo, sus fabulaciones, hazañas, torpezas, locuras, el mundo irreal de la creación, al lado del cual no hay nada comparable.
Julio Ramón Ribeyro. 11 de mayo de 1975. La tentación del fracaso.


Porque la experiencia es eso: una triste riqueza que sólo sirve para saber cómo se debería haber vivido, pero no para vivir nuevamente. 
(Josefina Vicens)


Saber consume fuerzas, pero no saber las agota.
(Maurice Blanchot)

Sólo buscando las palabras se encuentran los pensamientos. (Joseph Joubert)

Yo llamo imaginación a la facultad de volver sensible todo lo que es intelectual; de hacer corpóreo lo que es espíritu; en una palabra, de sacar a la luz lo que en sí mismo es invisible, sin desnaturalizarlo.
Joseph Joubert. Sobre Arte y Literatura. Pensamientos


Existen las verdades, pero no la verdad. Puedo afirmar perfectamente dos cosas por entero contradictorias y tener razón en ambos casos. No hay que enfrentar ideas entre sí –cada una es un mundo en sí misma.
Robert Musil. Diarios. 20 de febrero de 1902




No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos.
Cesare Pavese. El oficio de vivir. 28 Julio 1940

“El más ordinario y trivial modo de “contar el pensamiento” es montar una figura que se va construyendo con sus propios pasado y porvenir”
(Cesare Pavese)

Me gusta más vivir, respirar, que trabajar,…Por lo tanto, si se me permite la expresión, mi arte sería pues vivir; cada segundo, cada respiración es una obra no inscrita en ningún lugar, ni visual ni cerebral. Una especie de euforia constante.
Marcel Duchamp en entrevista con Pierre Cabanne. Ingénieur du temps perdu: entretiens avec Marcel Duchamp. París. 1967

La idea occidental de que la cultura es una cuestión de libros, de cuadros y de monumentos, es infantil…
Jean Dubuffet. Asfixiante Cultura. 1986. 

“No deberías tomar nunca en serio las cosas que no dependen de ti solo. Como el amor, la amistad, la gloria”.
(Cesare Pavese)




Quizá sea un espacio vacío que voy llenando. Uno mismo llena el vacío. Yo lo lleno con frases. Trato de tener pensamiento y los pensamientos se convierten en frases, si tengo suerte. Sin embargo, el vacío vuelve a aparecer siempre, como es natural. Uno podría precipitarse a él, y eso sería el final, pero sería una lástima para nuestra curiosidad. En el espacio vacío tiene que ocurrir algo. 
Thomas Bernhard. En busca de la verdad.

“Lo que me parece bello, lo que me gustaría hacer, es un libro sobre nada, un libro sin ataduras exteriores,que se mantuviera a sí mismo por la fuerza interna de su estilo, como la tierra sin ser sostenida se mantiene en el aire, un libro que apenas tendría argumento o, por lo menos, cuyo argumento sería casi invisible, si algo así es posible”
Gustave Flaubert. Carta a Louise Colet, 16 de enero de 1852




Sólo se puede saber algo en continuidad con el saber de otros y solo se pueden llevar a cabo nuevas prácticas y descubrimientos en cooperación con el hacer de otros. 
Marina Garcés. El fin de los grandes hombres. Filosofía inacabada.

Educar no es adquirir competencias, transmitir conocimientos ni escolarizar pensamientos.
Marina Garcés. Filosofía inacabada. Aprender a pensar

La sensación de que el tiempo pasa mucho más rápido que antes tiene su origen en que la gente, hoy en día, ya no es capaz de demorarse, en que la experiencia de la duración es cada vez más insólita. Se considera, de manera equivocada, que el sentimiento de atolondramiento responde al miedo de perderse algo. Pero en realidad nos encontramos ante el caso contrario. Quien intenta vivir con más rapidez, también acaba muriendo más rápido. La experiencia de la duración, y no el número de vivencias, hace que una vida sea plena. 
Byung-Chul Han. El aroma del tiempo

La velocidad que ponemos en alejarnos de la vida.
Julio Ramón Ribeyro. París 1970

Muy breve y trabajosa es la vida de quienes olvidan el pasado, descuidan el presente y temen el futuro. Cuando lleguen a la hora postrera, demasiado tarde comprenderán los infelices que, en tanto tiempo como estuvieron ocupados, no hicieron nada.
Lucio Anneo Séneca. Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad


Melancólica condición la de la vida del hombre! Por lo general transcurre de manera tan vertiginosa que apenas si nos concede tiempo para reflexionar sobre la forma en que ha pasado.
Laurence Sterne. Tristram Shandy





“Nadie se abandonará nunca a ti si no le ve provecho”.
(Cesare Pavese)

“Pero la gran, la tremenda verdad es esta: sufrir no sirve para nada”
(Cesare Pavese)

“Todos los hombres tienen un cáncer que les roe, excremento cotidiano, un mal a plazos: su insatisfacción; el punto de choque entre su ser real, esquelético, y la infinita complejidad de la vida”
(Cesare Pavese)

“…y una vez más recupero la esperanza de que quizá mañana bastará con el recuerdo.”
(Cesare Pavese)

Pienso en ello muchas veces y dejo libre curso a mis pensamientos, sin entrometerme, pero siempre llego a la misma conclusión de que mi educación me ha estropeado más de lo que alcanzo a comprender.
Franz Kafka. Diarios. Domingo 19 de junio de 1910




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jueves, 18 de agosto de 2016

Los niños de Nochixtlán / Luis Hernández Navarro


Un dibujo hecho por niños de Nochixtlán


Cuando el helicóptero sobrevuela Casa Xitla, en el sur de la Ciudad de México, los niños de Nochixtlán que temporalmente se hospedan allí corren despavoridos a esconderse. El sonido del pájaro de hierro sobre sus cabezas revive el miedo y la desesperación que vivieron en su pueblo el 19 de junio, cuando la policía masacró a sus familiares y paisanos.

Han pasado casi dos meses de la agresión, y los pequeños no olvidan lo sucedido. La violencia policial aparece en sus dibujos y en sus sueños, en sus conversaciones y en su futuro. Cuando sea grande, cuenta uno de los niños, quiere ser policía para matar a los uniformados que lo gasearon y machacaron a palos a sus familiares.

Ese 19 de junio, 26 pequeños vieron a sus papás salir a defender a su pueblo de la agresión de los gendarmes y luego correr a esconderse. Durante días, en la explanada del templo de Nochixtlán dos cartulinas tenían los nombres de los menores que perdieron a sus padres en el ataque de la Policía Federal.

Ese día, en la humilde colonia 20 de Noviembre, que no cuenta con agua ni con electricidad, unos 30 uniformados lanzaron gases contra viviendas construidas de láminas, cartón, latas y escasos materiales. Allí estaban 32 niños, ninguno mayor de 11 años. Los pequeños, sentados en una colchoneta narraron a Arturo Cano cómo se ahogaban y vomitaban con el humo de los lacrimógenos.
Uno de ellos le platicó cómo escuchaban vociferar a los policías:Vénganse por acá, aquí van a tener su chinga. Otro le contó que gritaban groserías y provocaban a los maestros. Uno más describió cómousaron sus pistolas y empezaron a matar gente. Y otro le dijo que aventaron una cosa redonda detrás de una casa, que explotó, sacó lumbre.

En total, fueron víctimas directas de la agresión policiaca cerca de 70 menores. El daño sicológico que sufrieron está a flor de piel. A la cuenta de damnificados infantiles hay que sumarle la de otros hijos de los asesinados y discapacitados por la agresión policial. A partir de ahora, sin alguien que lleve el sustento a su casa, ellos y sus madres tendrán que trabajar para ganarse la vida.

La masacre de Nochixtlán dejó un saldo trágico de ocho civiles asesinados (11 en Oaxaca), 94 heridos de bala, 150 víctimas directas y entre 300 y 400 indirectas. Quienes sufrieron lesiones mayores, quienes aún tienen balas en el estómago, ¿de qué vivirán ahora? Ciertamente, no de cultivar el campo.

En su inmensa mayoría, las víctimas de Nochixtlán son gente humilde, que vive sin ahorros y con muy pocos recursos. Ante la negativa gubernamental a brindarles atención médica y ante el miedo a ser perseguidos, debieron gastar sus pocos ingresos en curarse de mala manera con médicos particulares.

Dolor sobre dolor, tragedia sobre tragedia, los familiares de los ocho asesinados sufren hoy no sólo la pérdida de un ser querido, sino una pesada deuda económica. Enterraron a sus difuntos como la tradición manda, dando de comer a quienes durante días los acompañan en su dolor. Un funeral así cuesta, al menos, entre 100 y 150 mil pesos, gasto que sólo puede solventarse con préstamos que deben pagarse a tasas de interés usureras.

Decenas de esas víctimas se concentraron el pasado 31 de julio en la emblemática Plaza de las Tres Culturas, en Tlaltelolco, con muletas y vendajes. Con rabia y coraje narraron a la prensa su dolor y le mostraron su heridas. ‘‘Aquí estamos –dijeron–; tenemos nombre, tenemos rostro, tenemos miedo. Aquí estamos, hemos venido a exigir justicia, no dinero”.

Indignados por los señalamientos de diputados priístas como Mariana Benítez (subprocuradora cuando fueron desaparecidos los 43 normalistas rurales de Ayotzinapa y coautora de la verdad histórica), denunciaron que ‘‘hubo balas que entraron por la boca y salieron por la oreja; disparos que impactaron en piernas, tobillos, ingles, en el estómago, en el pecho, en la espalda, en los pies, en los dedos’’.

El enojo de los nochixtlecos con la diputada Benítez y con otros integrantes de la comisión legislativa especial para investigar los hechos de Nochixtlán proviene del enorme desprecio con que los han tratado. Su palabra no vale. Aunque esa comisión se formó desde el pasado 6 de julio, sus integrantes han sido incapaces de reunirse con los representantes de la Asamblea de Víctimas. Han hablado con la PGR, con el presidente de la CNDH, con el ombudsman de Oaxaca, pero no con los directamente afectados.
Más aún, varios legisladores han puesto en entredicho la versión de los hechos de las víctimas. Así sucedió, por ejemplo, el pasado 26 de julio. Ese día, el titular de la Defensoría de Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, Arturo Peimbert, cuestionó ante la comisión que no está claro qué perseguía el operativo de la Policía Federal (PF) en Nochixtlán, porquesi querían lograr el desalojo de la autopista en 15 minutos, lo consiguieron, y preguntó: ¿Por qué incursionaron y entraron a la zona urbana, a colonias como la 20 de Noviembre? Varios integrantes de la comisión respondieron iracundos poniendo en duda la versión del defensor.

Lo mismo hicieron cuando, en la misma reunión, denunció, recogiendo los testimonios de los afectados, que en los hospitales donde la PF tomó el control impidió al personal médico atender a la población civil y a los maestros. “Fue –dijo ante el visible malestar de los legisladores– en varios hospitales, y tenemos un oficio que nos escribe el propio IMSS explicándonos esta situación; es gravísima. A los lesionados se les acosó, se les intimidó y persiguió”.

Han pasado casi dos meses de la masacre de Nochixtlán, y el gobierno federal ha sido incapaz de ofrecer un relato coherente y creíble sobre lo sucedido. Sin embargo, se han filtrado a la prensa versiones que exculpan a la PF y a la Gendarmería de la represión, al tiempo que se inculpa a cinco organizaciones populares de la región. Está en marcha una nueva verdad histórica.
Urge conocer la verdad de los sucedido en Nochixtlán, castigar a los responsables y reparar el daño. Urge que niños y afectados sanen. Como dicen las víctimas: si el gobierno invirtió tanto para asesinarnos, que invierta ahora en curarnos.

Twitter: @lhan55



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